Aprender de lo que hacemos

Las personas mostramos lo que sabemos en acciones observables desde el exterior, como el acto de montar una bicicleta; o bien con operaciones internas, como el análisis de un presupuesto. En ambos casos, el conocimiento está en la acción, en la práctica y lo revelamos a través de nuestra ejecución espontánea. Paradójicamente somos incapaces de hacerlo explícito verbalmente dando cuenta de toda su complejidad con la misma espontaneidad.

Existen dos formas de poder transmitir este conocimiento que se posee y aplica, pero que no se puede comunicar explícitamente.

La primera es en la práctica con el otro, con alguien más experimentado,  en el ejercicio mismo del trabajo cotidiano. Es lo que llamamos conocimiento en la acción.

La segunda es reflexionar sobre la acción, retomando nuestro pensamiento sobre lo que hemos hecho y sus razones. De este modo descubrimos cómo nuestro conocimiento ha actuado en la acción.

Podemos hacerlo así una vez que el hecho se ha producido, o podemos realizar una pausa en medio de la acción para  “pararse a pensar”. (Ferry, G. 1997)

El conocimiento en la acción y la reflexión en la acción forman parte de las experiencias del pensar y del hacer que todos compartimos. Cuando aprendemos una práctica laboral, aprendemos nuevas formas de utilizar los tipos de comprensión que ya poseemos.

En otras palabras, y aplicando este razonamiento para entender a todos lo que realizan actividades prácticas, vemos que poseen una forma particular de ver su mundo y una forma de configurar y mantenerlo según lo ven ellos.

Cuando el práctico responde a las zonas nuevas o indeterminadas de la práctica, mantiene una conversación reflexiva con los materiales de tales situaciones y reconstruye una parte de su mundo práctico.

Es decir que cuando alguien aprende una práctica, se inicia en las tradiciones de una comunidad de prácticos y del mundo de la práctica que estos habitan. Aprende sus convenciones, limitaciones, lenguajes y sistemas de valoración, sus repertorios de ejemplos, su conocimiento sistemático y sus patrones de conocimiento en la acción. Asimismo cuestiona y acomoda su teoría práctica según el nuevo contexto.

En esta práctica se juegan los estereotipos, imaginarios o representaciones sociales que son construcciones simplificadas de algunos aspectos o actores de la realidad. Son moldes, modelos, en apariencia fijos y universales que todos los individuos de una sociedad comparten. (Quin Robyn y McMahon Barrie, 1993)

Estos imaginarios sociales pueden ser útiles para mejorar la comunicación organizacional, al constituirse en herramientas disponibles para pensar y actuar sin necesidad de elaborar el conocimiento necesario para cada situación (si me presentan a mi nuevo jefe en una reunión puedo inferir como comportarme con él, por lo menos hasta conocerlo mejor). O bien, estas representaciones sociales pueden ser un obstáculo en los intentos de comunicación, pues siempre son síntesis, construcciones y no definen o reflejan a los sujetos individuales, sino por el contrario, muchas veces se encuentran cargados negativamente y tergiversan la percepción (por ejemplo pensar que el empleado no quiere trabajar,  que los jefes son mandones, etc.)

Estos estereotipos se adquieren a través de los procesos de socialización en la familia, la escuela, las comunidades profesionales, el grupo de pares en distintos ambientes (recreación, laboral, etc.)

El estereotipo forma parte del sentido común y como tal no es cuestionado, sino percibido como natural. (Martini 2002)  Estos imaginarios sociales pueden incluso contradecir el discurso de los sujetos, pues este último opera en el nivel de la teoría (lo que se dice), mientras que el estereotipo se ubica en la denominada “teoría práctica” (lo que se dice con lo que se hace)

Un jefe puede expresar que confía el compromiso de sus colaboradores con el trabajo, no obstante el estereotipo del empleado vago puede guiar sus acciones cotidianas en la oficina y tomar medidas de excesivo control de las tareas.

Hacer explicito este conocimiento práctico, a través de la reflexión, el trabajo compartido, nos permite mejorar la práctica, ir corrigiendo errores, ampliando, replanteando y reconstruyendo los fundamentos de las acciones cotidianas.

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